Dicen que escribir es como volar. Que las palabras son alas y que la hoja
en blanco es la noche donde surcan letras de un poeta que naufraga. Estrellas
que sangran con indiferencia, destellos incomprensibles.
Pero no solo de ángel se gana el cielo.
Se puede en un jet privado, en ochenta globos aerostáticos, o en una nave
espacial, si es que nos importa el futuro. Se puede saltar por la ventana de un
piso diecisiete, en ala delta desde el Peñón usurpado, o ser el hombre bala que
lanza el cañón de un circo de payasos tristes.
Innumerables son las destrezas con las que se pretende vulnerar la ley de
gravedad, llegar a la miel de la luna o volar de mi balcón al tuyo.
Yo tengo mis letras. Con ellas me río del vértigo. Las despliego en
el abismo y allí bailo sin derretirme. Apago el sol con la lengua y enciendo
otros para dejar una luz prendida.
Me abrazo a la tormenta que se escurre entre tus piernas, y huyo como
un ave a la que le sacuden la rama. Me monto al cometa de Bill Halley, y me
desintegro en caída libre como meteorito que no se atreve a tocar la tierra. Me
apropio de los truenos y cumplo el milagro de las estrellas fugaces.
¿Hasta dónde llegan mis alas?
¿Adónde me llevarán esta noche?
¿Y mañana?
Los paisajes son míos. Puedo regar con versos la sed de los desiertos o
ahogar la penas del mar en las rimas de las olas. Nadar entre delfines infieles
y oír el canto de las sirenas sin enloquecer.
Puedo tardar tres sílabas en desnudarte, o escribir hasta la muerte por un
perdón que no volverá.
Mis padres pueden pasear nietos en la plaza y vos podés estar acá, delante
mío, sonriendo, agitada…
Todo está a al alcance de las manos, de un batir y cerrar de
alas.
Solo hay que animarse.
¿Acaso no estuvimos más alto?
Es que volar es lo más cercano a cualquier destino. Nos hace inmensos. Y
trastabillar en las alturas de la cornisa de turno, latir esas ansias de lo
inevitable, nos invita a probar suerte en esto de escribir y pegar el salto.
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